sábado, julio 09, 2011

Abril

La última vez que escribí acá tenía la tristeza y el dolor más grande de mi vida: se había muerto mi viejo, el Alex, protagonista de la mayoría de las historias de este blog. En ese momento quería darle un adiós desde este lugar, un homenaje que estoy seguro le hubiera gustado. No escribí una línea más desde entonces. No sé por qué. Me lo pregunté varias veces, pero no encontré una respuesta clara, determinante. Sólo excusas vagas.

Hoy que es de noche y estoy escuchando a los Beatles para niños mientras miro a mi hija dormir, me convenzo que de alguna manera hay cosas que se explican solas. Y al menos acá, en este blog, esta noche me voy a permitir cerrar un círculo. La última vez que escribí acá tenía la tristeza y el dolor más grande de mi vida por perder a mi padre. Esta noche escribo desde la felicidad más inmensa que la vida me dio. Porque ahora, desde hace cuatro días, el padre soy yo. Ojalá la pudieras ver, viejo. Y saber que acá estamos, con el calor de Abril en pleno julio, escuchando los Beatles. Como vos me enseñaste.

miércoles, septiembre 15, 2010

Papá

Nunca abandonó el humor. Ni aún cuando la enfermedad se encarnizaba con él y cascoteaba sin tregua a todo su cuerpo. No lo perdió cuando ya no podía caminar dos pasos y como si fuera un viejo guerrero gritó riendo: ¡de a cuatro me tuvieron que llevar!, mientras lo acercábamos a su último viaje en ambulancia. Tampoco se le fue durante sus semanas internado, cuando discutía con una enfermera porque la comida no estaba “mojada” como a él le gustaba o cuando desde su cama mantenía duelos dialécticos de viejos comerciantes con uno de sus amigos y cliente de toda la vida. Cuando me miraba con cara de niño travieso porque se le había desprendido una vía y decía: “ ahora está difícil para Tauro”. No abandonó la risa, ni esa mirada cálida, en algunas de las noches que se quedaba solo en la habitación, con la radio en su oreja escuchando viejas canciones en Sarandí y soñándose bailando con su pierna levantada y chasqueando los dedos. No tuvo rabia, ni rencor cuando supo que ya no iba a poder ver el mar. Ese mar que él amó como pocos hombres han amado el mar alguna vez en esta tierra. Sonrío imaginándolo, le brillaron sus ojos, que estaban tan verdes como el agua de Santa Teresa, y lo despidió barrenando olas en su cabeza.

Aunque en estos días todos nos dimos cuenta que la muerte no tiene nada de romántico, él se empeñó en que su partida tuviera algo cinematográfico, épico. Buscaba frases que lo inmortalizaran, sin saber que una de sus últimas palabras -“¡qué cagada!”- resumieron a la perfección, y con humor involuntario, el sentimiento del que se está yendo y no se quiere ir. Cuando Papá asumió por fin que se iba a morir, me dijo que le gustaría que viniera Clint Eastwood. Así nomás. Lo miré un tanto perplejo y él siguió el cuento. Entonó como pudo la melodía de “El Bueno, el Malo y el Feo”, y dijo que le encantaría que Clint, con su mirada recia y su tabaco finito colgándole de la boca, le pegara un tiro a esa soga que lo estaba asfixiando y lo salvara.

Yo sé bien, Papá, que esa bala dio en el blanco y te fuiste cabalgando libre a otros lados. Esperame ahí por donde estés, que algún día vamos a seguir riendo juntos.

viernes, abril 02, 2010

La nostalgia prestada

Estaba entrando al teatro de Rocha de la mano de mi padre y escuché ese sonido que me paró los pelos de la nuca y los dejó así como eléctricos. Eran los primeros acordes de una canción que ya había escuchado infinitas veces en los cassettes truchos comprados en el Chuy o en los vinilos que mi viejo guardaba en el living de la casa. Pero esta vez el asunto era en vivo, en carne y hueso, con parlantes grandes y tipos moviéndose arriba de un escenario. Los Danger Four empezaban a tocar she loves you y yo, con unos 10 años encima, sabía que esa imagen y ese sonido que me estaquearon el cuerpo significaban algo. Supe que eso era lo más cerca que yo iba a estar jamás de algo parecido a los Beatles.

Con el correr del tiempo mi derrotero por toques en vivo, llamémosles “internacionales”, siempre tuvieron ese común denominador: “esto es lo más cerca que voy a estar” de ver tal banda, me decía a mi mismo tratando de justificar el casi casi somos que admitían ser ciertos conjuntos en decadencia que se dignaban a pisar estas tierras, y que yo religiosamente iba a ver con mi viejo. Así es que la segunda vez que sentí una electricidad parecida a la de aquella vez en Rocha fue cuando fuimos a ver a Creedence Clearwater Revisited en el Teatro Plaza de Montevideo. Otra vez un teatro, cero ambiente rockero en el aire, mucho veterano clase media alta y una banda que mantenía de la mítica formación liderada por John Fogerty solo al baterista original. Con eso nomás ya les daba para currar con casi el mismo nombre por la provincia oriental. Pero a nosotros todo eso nos importaba poco y allí estábamos sentaditos en la primera fila del teatro, recién bañados y esperando que se abra el telón. Y salió el humo, y empezó la música, y lo primero que vi tras la humareda fue a un gordo gigante con bandana en la cabeza y una guitarra colgada que le quedaba como de juguete apoyada contra su humanidad. El gordo empezó a cantar y contra todos los pronósticos sentí esa misma descarga del teatro en Rocha. Otra vez me acordé de sesiones enteras de vinilos en el living de la casa, de cuando con mi hermano jugábamos a ser los Creedence con raquetas de tenis simulando guitarras. Pasó poco rato hasta que mi viejo y yo saltamos de las butacas y empezamos a bailar al ritmo de Down on The Corner o The Midnight Special. Había comunión y complicidad en nuestras caras. Él me había inculcado esa música desde muy chico y yo la adopté con nostalgia prestada. Porque fue tal la pasión y el romanticismo con que metió en mi cabeza la música y la estética de los años sesenta que me costó poco sentir que yo mismo había vivido su época. Siempre disfruté las sensaciones que él vivió en esos años fermentales a través de sus cuentos y de la música. Terminamos muy contentos aquella noche. Hablamos hasta la madrugada de lo bueno que estaban los Creedence y repasamos una y otra vez los detalles del show.

A los pocos años, otra banda mítica y legendaria de los sesenta anunciaba su desembarco en estas orillas. Eran los Beach Boys. Pero, claro, de aquellos Beach Boys que veía en las fotos sepia de los discos no quedaba ni el loro. O sí, alguno quedaba, pero no era Brian Wilson. Obviamente los que quedaban no eran ni el líder ni el más talentoso de la banda. ¿Nos interesaba esto a mi viejo y a mí? Por supuesto que no. Y allá partimos rumbo a Punta del Este con las entradas en la mano. Esta vez la cita era en el Ballroom del Conrad, otro lugar polémico para ver un recital de rock. Tampoco importó. Allí estábamos, sentados en unas sillas muy de restorán fino, contemplando una escenografía cargada de palmeras y tablas de surf en un salón paquete de un hotel estilo Las Vegas. Allí estábamos esperando que la resaca de los Beach Boys salga a escena. Y salieron y todo superó mis expectativas. Esos tipos gordos y viejos enfundados en camisas hawaianas y con gorros tapándoles la pelada representaban lo más cerca que yo iba a estar jamás de los Beach Boys. Había años de historia ahí enfrente. Ellos pisaron las arenas de California en esos años sesenta de los que mi viejo tanto me habló y yo tanto me imaginé. Estuvieron ahí y allí fue que nacieron las canciones que veinte, treinta años después escuché una y otra vez. En eso pensaba cuando los oía cantar Wouldn't it be nice a pocos metros de distancia, con mi viejo sintiendo otra vez esa comunión que no precisa de palabras.

Quizá todo esto venga a cuento porque hace unos días estuvieron por acá los Guns & Roses y se volvió a hablar mucho de las bandas en decadencia que pisan suelo uruguayo, de lo gordo y acabado que estaba su líder y de que estos Guns & Roses ya no son aquellos Guns& Roses. El recital fue en el Estadio Centenario y se montó un mega show con fuegos artificiales, pantalla gigante y escenario gigantesco. Esta vez había ambiente rockero. Guns & Roses fue una banda que miré de reojo en mi adolescencia, con poco interés, pero que con los años le fui prestando más atención. Por eso cuando me enteré que venían a Uruguay ni dudé en sacar la entrada y estar ahí. No fui con mi padre a ese recital. Pero sin embargo sentí que no pude cortar un cordón umbilical: el de la nostalgia prestada. Porque no hubo ni electricidad ni emoción en mi cuerpo. Y extrañé eso.

miércoles, enero 20, 2010

Top five de cosas que me rechinan ahora, en este momento ( y siempre)

La cara de Nacho Cardozo (y su voz de camionero encerrada en un cuerpo equivocado)
Los parodistas (ni te digo lo que me van a rechinar estos muchachos y sus alaridos en febrero)
Shakira y su canción “La Loba” (Arrrrrgggh)
Los neo hippies conchetos de la Pedrera y alrededores (sin comentarios)
Miguel Ángel Dobrich (menos comentarios aún. Es visceral)

viernes, noviembre 20, 2009

Orientales, la patria y la murga

Basta de vilipendio. El quilombo que se armó acá con el murguero con purpurina interpretando las estrofas del himno a marcha camión es la muestra pura y dura de que el uruguayo sigue estando al santo pedo. Es bueno comprobar que hay cosas que no cambian. Al tipo lo quieren empalar en la Plaza Cagancha al son de tiranos temblad. No da para tanto. A mí NO me pareció mal la versión, pero sí excesivamente larga. Es un himno que tiene como 500 amagues de que termina, y no, sigue. Y esa jugarreta no está buena hacérsela a jugadores de fútbol que están esperando para jugar un partido. Los de Costa Rica se miraban entre ellos, se preguntaban si les estaban tomando el pelo; el juez quería volver a Suiza, y los players yoruguas empezaron a quedar más fríos que Walt Disney. Y a todo esto el murguero seguía canturreando como si estuviera en el jodido Sporting. Sí llegábamos a quedar afuera del mundial—y estuvimos cerca— teníamos la excusa perfecta: el carnavalero del orto que desconcentró las mentes de los patriotas con cuchillos entre los dientes. Igual, me gustó la contundencia de Fatorusso en este tema: “Tengo 66 años y nunca escuché cantar tan bien el himno uruguayo”, dijo y aprovechó para prender fuego a esas viejas y decadentes maestras de escuela pública uruguaya que, muy ceremoniales, siempre ejecutaron el himno con cero rigurosidad, errándole al tono, la métrica y a la concha de su musical madre. Y a ese vilipendio nadie lo denuncia, señor. Como sea, los uruguayos supieron cumplir. Uruguay está en el mundial. Y va a estar bueno ver esos tres partidos con atmósfera mundialista. Ya habrá tiempo para elegir nuestro candidato en la final del mundo. En eso, sin discusiones, somos expertos.

jueves, octubre 15, 2009

Eterno repechaje de una eliminatoria sin fin

¿Está muerto? ¿Quiere resucitar? ¡No se revuelva más en su tumba! Nosotros le organizamos una vuelta a la vida digna del Nuevo Testamento. En sólo 90 minutos usted verá el fin del ostracismo. Lo sacamos de las tinieblas y le devolvemos el oxigeno. Pare de sufrir. Juegue contra nosotros y vea la luz al instante o en los descuentos, pero véala. Está garantizado.

Les hacemos precios especiales a gordos sapos paleros y argentinos. La fiesta incluye globos, fuegos artificiales, gritos de soy celeste, celeste soy yo, y más de 60.000 testigos del milagro.

jueves, agosto 27, 2009

Nostalgia

Ya sé como va a ser la cara de mi sobrino y todavía faltan tres meses para que nazca. Ayer vi sus facciones nítidas en una foto digital en cuatro dimensiones tomada dentro del mismísimo vientre de mi hermana. Seguramente en unas horas esa misma foto estará colgada en Facebook y muchos de sus contactos van a comentarla. Escribirán sus suposiciones sobre si el bebé es más parecido a tal o cual, arriesgarán chistes con que heredó la nariz de su padre y los cachetes de su madre, pero todos coincidirán con alegría y muchos signos de exclamación en que es un niño hermoso. Yo ya sé, Francisco, sobrino mío, que vas a ser un niño hermoso, sano y gran hincha de Nacional. Pero permitíme compartir hoy contigo la indignación de comprobar que ya no hay lugar donde esconderse. Hasta allí, hasta la panza de tu madre, te fueron a buscar para que digas whisky antes de tiempo. Vivimos apurados, por ver, por saber, y queda poco espacio para la sorpresa. No digo que esté bien o que esté mal. Yo prefiero acordarme de algunos años atrás, de tu madre, Francisco, diciéndole convencida a tu abuela que iba a saber que el bebé que llevaba en su panza era una nena cuando al nacer se le asomen las caravanas en las orejas. Encantadora ingenuidad propia de otros tiempos. No había Facebook. Había un lugar donde esconderse, Francisco.